Aventuras de un transeúnte

Manuel Mora y Araujo

Cuando me decidí a estudiar sociología -después de intentar cursar derecho- no tenía la menor idea de qué haría en mi vida. Mi padre suponía que eligiendo una carrera que no tenía ninguna aplicación, y habiendo decidido declinar derecho, mi destino obvio sería ser periodista, como él. Terminé mis estudios, con posgrados incluidos, pensando “será lo que venga”. Durante un largo tiempo lo que vino fue la vida académica. Hasta que de pronto apareció, sin haberlo buscado, la consultoría. Descubrí que hacer encuestas podía ser un medio de vida y que asesorando a empresas o a políticos uno podía ganarse la vida. Al periodismo siempre lo tuve muy cerca, pero -contra la expectativa de mi padre- no fui un periodista profesional.

Ahora llego a una altura del camino que me huele que está próximo al final. En los países “normales” la gente como yo se jubila; conozco a muchos colegas que están orgullosos de haberse jubilado y parecen felices. A veces me pregunto si yo podría hacerlo. Al margen de que siendo argentino eso es realmente más difícil, el mayor obstáculo es que uno no parece estar preparado para declarar que ese largo “cursus honorum” de la vida profesional se acabó. He logrado, sí, reducir enormemente la complejidad del sistema organizativo que se fue armando alrededor mío con los años; pero colgar los guantes, no.

Asesorar, eso que en nuestra profesión llamamos “intervenir” en la realidad para que algo de ella termine siendo distinto, sigue siendo mi mayor pasión profesional; cuando no lo logro me sigo frustrando. Sigo aprendiendo de mis errores, como lo entendí leyendo un libro de Bobby Fisher (Mis 100 mejores partidas, incluyendo algunas derrotas) que me recomendó hace muchos años mi querido Fernando Ulloa. Investigar, y “descubrir” algo no obvio, sigue siendo la mayor fuente de excitación que puedo encontrar en mi trabajo. Y leer para aprender disfrutando sigue siendo el mayor placer de tipo onanístico que me proporciona mi bagaje intelectual. Pero todo eso -que es lo que he hecho toda mi vida profesional- ahora lo hago con más tranquilidad, procurando establecer los ritmos y marcar los tiempos un poco más relajadamente, y libre de ese denso follaje de exigencias de la vida cotidiana de un profesional que proviene de las estructuras, de los procedimientos y de las regulaciones. Ha aumentado el tiempo diario que paso pensando y escribiendo en un café, sin horario.

Uno de los títulos que más me gusta de los libros autobiográficos que leí es Adventures of a bystander de Peter Drucker. Lo traduzco como un “transeúnte espectador”. Uno sigue su camino mirando lo que encuentra a su alrededor y tratando de encontrarle un significado, de entenderlo. “Pra ver a banda passar” dice la canción de Chico Buarque de Hollanda. El gran valor agregado del café, comparado con el escritorio, es que en los dos lados uno piensa, analiza y produce -hace su trabajo-. Pero en el café, además, al mismo tiempo, uno puede ver a banda passar como un bystander.

Sé que algunos clientes que he tenido en la vida profesional valoran lo que les aporté. Sé que algunas personas que leyeron mis escritos piensan que algo extrajeron de ellos, algo de lo que allí leyeron los ayudó para entender mejor su realidad. Esas son fuentes de satisfacción que colman mis expectativas. Pero lo que ninguno sabe -ni esos que valoran lo que obtuvieron de mi trabajo ni todos aquellos que lo valoran menos o poco o nada- es lo que yo aprendí de la interacción con ellos. No tengo nada contra el placer de la lectura, al contrario; pero siento que ella sola no proporciona ese plus que surge de la interacción con los otros, la realimentación mutua con el cliente o con los colegas o con el usuario del producto del trabajo de uno. Por eso sigo trabajando.